31/12/2011

CORRER (Y II)

Foto: Gemma Pujol

Lo primero que haré mañana al levantarme será salir a correr. Llueva, truene o relampaguee, pienso estrenar mi nueva equipación de runner con que los Reyes de Oriente me obsequiaron en las últimas navidades y que pugna por salir del armario de una vez por todas. A ritmo de principiante, recorreré los cuatro kilómetros que separan Vallfogona de Riucorb (donde pasaré la Nochevieja) del precioso pueblo de Guimerà y, sólo en el caso de que me lleven las piernas, desandaré la carretera de vuelta a casa de mis queridos anfitriones Pascual y Loli. Sé que no será una carrera matutina al uso –uno más de los continuos entrenamientos del Zatopek del Correr de Jean Echenoz, sino que llevará implícita una gran carga emocional. Cuando ponga tierra de por medio sin mirar atrás, me separaré para siempre –de manera simbólica, afectiva y efectiva, por activa y por pasiva, y sin ambages– de El caçador d’instants, ese hijo ciclotímico (no en su manera de ser sino en cómo ha venido expresándose) con el que, pese a algunas ausencias y claudicaciones, he procurado comportarme como el mejor de los padres.
Si bien estoy satisfecho porque creo que lo he dado todo, justo es reconocer que El caçador d’instants es la historia de un fracaso. De los 365 artículos que me había propuesto escribir en otros tantos días, he hincado la rodilla en los 321. Trasmudado en un solitario corredor de fondo, he tenido seis meses sin tacha, pero otros seis llenos de turbulencias. De ahí el revés. En cualquier caso, creo que es la primera vez en toda mi vida que una decepción me sabe a gloria. Pagaré con sumo gusto la cena que me aposté con Enrique –uno de los amigos que más me ha animado a pesar de sus intereses contrarios– cuando se enteró de mi arrebato. Me libero, pues, de los grilletes que yo mismo me puse hace ahora un año.
En fin... pues pasa que me he quedado en blanco y voy a tener que recurrir a la escritura automática. Me disculpo por ello. Sé que los de las despedidas son artículos que se tienen preparados con mucho tiempo de antelación, pero yo aún me estoy haciendo a la idea de que mañana no me sentaré en la silla de madera retráctil de mi biblioteca, con música de fondo de Ella Fitzgerald, Pat Metheny o Jordi Bonell, y algún que otro puro habano, canario o leridano en los labios, mientras me estrujo la mollera para hallar el tema que me permita sacarme de la manga un texto de treinta o cuarenta líneas.
Sea como fuere, no quiero despedirme sin algunos de esos elegantes agradecimientos finales a los que tan dados son los escritores anglosajones. El primero de todos debe ser para Carles Mera, el verdadero artífice de la existencia de este blog. Su colaboración desinteresada durante un día entero para sacar El caçador d’instants del líquido amniótico de internet me persuadió de la descortesía que hubiera supuesto no haberlo seguido manteniendo a flote. El segundo es para todos los amiguetes y conocidos que no sólo acogieron con los brazos abiertos el proyecto sino que tan generosamente se han venido manteniendo fieles hasta el final. (Gabriel García Márquez tenía más razón que un santo cuando dijo aquello de que uno escribe para que lo quieran más.) El tercero, para los lectores que alguna que otra vez se han dejado caer para interesarse por algún artículo. El cuarto, para los tres colaboradores de lujo que me han relevado en alguna fase de desánimo: Pascual, mi madre y mi hija Clàudia (¡ah, y ese colaborador secreto al que tanta grima le da aparecer!). Y, para acabar, a mi familia... por no echarme de casa por habérsela llenado de humo y de olor a puro, un día sí y el otro también, desde mi encierro monacal y, sobre todo, por haber dejado de ser quien fui alguna vez. Espero volver a serlo. Cuento con todo el 2012 para conseguirlo. Prometo intentarlo con todas mis energías ahora que soy consciente de hasta dónde pueden llegar mis deseos.

30/12/2011

AMIC DE LA NIT, EL JAZZ I ELS CIGARS

Fotomuntatge: Laura Gas


Tinc el cim d’El caçador d’instants a tocar i, si bé governo les meves darreres passes amb l’eufòria d’haver escalat la muntanya més alta de la meva vida, també m’envaeix la tristor dels moments de joia que he deixat enrere i que s’han perdut irremissiblement, com aquelles molles de pa del conte del Cigronet. No hi ha dubte que els desitjos de la ment humana són encara més inescrutables que els camins del Senyor. És curiós, però el que més em vindria de gust ara mateix seria lliscar per un trampolí gegant i, a la manera dels esquiadors de la tele que demà passat donaran la benvinguda al nou any abans que ho faci La marxa Radetzky de l’Òpera de Viena, volar cap al buit per tornar a començar. Serà cosa de la síndrome d’Estocolm o de la famosa depressió postpart de què parlen alguns escriptors pusil·ànimes en acabar les seves obres?
Avui, no sé si per la buidor que sento, també a mi em ve de gust mirar-me una mica el melic i fer-vos cinc cèntims del procés creatiu en la meva aventura d’escriure un post diari durant el 2011. Sobretot després que, ara fa un any, a una setmana vista del començament del projecte, faltés ben poc perquè la ingenuïtat del neòfit m’impulsés a batejar el bloc amb el nom d’Escrit en mitja hora. Ja! Poc podia imaginar-me que la mitjana diària d’elaboració d’aquests articles seria de tres hores i que n’hauria de robar-li tantes a la son que acabaria esdevenint un altre dels assidus nighthawks de la barra del dinner del famós quadre de l’Edward Hopper. Un falcó noctàmbul que ha compartit aquest tenebrós regne amb els dignes i indignes treballadors del torn de nit del servei de neteja de Barcelona (un dia, en una mostra de realisme brut sense parangó, vaig veure com des d’un petit cotxe elèctric de BCNeta estacionat a la cantonada del carrer de davant de casa sortien disparades dues llaunes buides de cervesa), així com amb la caterva de perdularis ebris i sorollosos, autòctons i forasters, que pul·lula sense treva per la ciutat.
Jo m’havia imaginat una escriptura més plàcida, constantment bressolada per les nimfes de la inspiració, però ni molt menys ha estat així. He hagut d’aparcar la meva vida per donar vida al bloc i, un cop més, reconèixer la sàvia lucidesa de la dita popular de «qui vulgui peix que el vagi a pescar». El dia a dia m’ha fet desistir de la visió romàntica d’alguns escriptors, com per exemple la Isabel Allende, per a qui el seu procés creatiu és l’interval de temps que va des del moment en què encén un ciri fins al que mor consumit. Jo no he tingut més remei que baixar a l’arena d’una mena de circ romà per tal d’enfrontar-me a tot un seguit d’entrebancs imprevistos i dimonis particulars (el cansament físic i mental, la conciliació del bloc amb la vida familiar i laboral, l’angoixa d’una permanent inseguretat, la por al paper (a la pantalla) en blanc –ara sé que és certa– i al desinterès dels lectors,...).
Sortosament, a mig camí han aparegut dos aliats d’excepció: la música de jazz i els cigars. El primer m’ha permès mantenir-me despert en els instants de defallença (què bé sona un saxo, una trompeta, una guitarra o un piano a les tres de la matinada, amb tots els sentits exacerbats, al límit de les forces). El segon, fer un parèntesi per pensar. Coincideixo amb la Florence Delay, autora d’Els meus cendrers, en què quan s’està perseguint una forma o una imatge una bona pipada fa miracles. A banda que hi ha un no sé què de metafòric en la relació de l’home amb el tabac. I és que, en certa manera, som com un cigar que s’encén i, després, ¡puf... s’ha acabat! Però, ai las!, tenim la capacitat de ressuscitar... perquè sempre hi ha un altre cigar per encendre, un altre projecte per començar! 

29/12/2011

LOS DIOSES DEBEN DE ESTAR LOCOS

Foto: Oriol Alamany
¿Cómo puede una silueta decir tanto de un lugar? No me cansaré nunca de mirar a ese paciente guepardo, sentado entre matorrales en un altozano, a la espera de que se levante el día para tonificar sus músculos diseñados para la carrera con los primeros rayos del sol. El autor de la imagen, el fotógrafo Oriol Alamany, me ha confesado que fue el primer cheetah que vio en su vida y que la escena lo sobrecogió de tal manera que tuvo que respirar a fondo para que no le temblara la cámara en la que había montado un pesado teleobjetivo y en el último momento se le fuera al traste ese inusual plano. Al margen de la foto, le he oído decir siempre que bastaron unos pocos minutos en el Kalahari para enamorarse de su magia. Poco más o menos me ocurrió a mí con este inolvidable desierto sudafricano al que llegué una tarde invernal. Si bien no tuve tanta suerte como Oriol, sería injusto quejarse cuando la primera imagen que presencié fue la de una pareja de orix –el animal más representativo de estas tierras– paciendo sobre una inmensa alfombra de arena roja y delicada como la piel de un bebé. Estoy seguro de que fue aquí donde el escritor Michael Ende encontró la inspiración para dar con el león de Graógraman, la primera criatura fantástica que creó Bastián, el niño protagonista de La historia interminable. Sólo quien ha tenido la dicha de contemplar los reflejos cambiantes de las dunas del Kalahari puede comprender que cuando el citado felino modificaba el color de su pelaje conforme avanzaba por ellas también lo hacían sus sensaciones, no en vano este hipnótico paisaje tiene la virtud de sumirlo a uno en una sugestión permanente.
En este durísimo entorno vive una de las tribus más primitivas del planeta, la de los bosquimanos o san. Como en tantas otras tierras colonizadas por el hombre blanco, ha sido pasto de los abusos y la discriminación del invasor, y relegada a indignos asentamientos. Uno no tiene más que otear el brillo lejano de los techos de hojalata de sus míseras viviendas para intuir los estragos de la codicia humana. Es una mácula difícilmente digerible que empaña muy mucho las bondades del lugar y que lleva a pensar que, con más frecuencia de lo que se cree, los dioses deben de estar locos.

28/12/2011

NOSTÀLGIA DE MÀQUINA D'ESCRIURE

Foto: Imatges Google
Ja fa uns mesos que, com qui no vol la cosa, la meva mare em tempteja a l’espera que acabi claudicant i li doni la conformitat per desfer-se de l’antediluviana màquina d’escriure de la meva adolescència, una imponent Olympia Internacional que va entrar a casa directament de l’oficina de no sé quin parent en substitució de la malmesa Olivetti Lettera 35 dels meus primers treballs escolars. Tinc claríssim que, igual que he fet fins ara, en el futur immediat continuaré fent-me el longuis i donant-li llargues; he pres la decisió per endavant perquè, francament, no contemplo la possibilitat de desempallegar-me’n, sobretot ara que els meus fills, encuriosits, hi juguen i l’hi han agafat un cert afecte. I és que, ben mirat, aquest enginy exerceix un magnetisme que el fa irresistible. Quantes vegades alguns dels seus dispositius no hauran estimulat la meva imaginació infantil. Costa oblidar el plaer que experimentava movent la palanca de carro lliure per a canviar de línies pensant que en realitat estava accionant la dels intermitents del Seat 127 del meu pare. O com em convertia en client d’un hotel imaginari teclejant fins a fer sonar el timbre que avisa quan s’arriba a la vora del marge. També vaig esdevenir botiguer manipulant, com si es tractés d’una precisa balança, els tabuladors metàl·lics. I què dir del moment en què, aixecant l’armadura i meravellant-me amb l’amfiteatre d’esquelètics braços de les tecles, passava a ser un mecànic avesat amb granota blava i greixosa. Sé que per arribar a estimular la fantasia com acabo d’explicar era necessari estar-se moltes hores davant de la màquina i conèixer-la a la perfecció. I, per això, res millor que les classes de mecanografia, segurament l’activitat extraescolar més freqüent de la meva generació. Havíem d’aprendre a teclejar com energúmens pulsant amb els deu dits a partir de la distribució qwerty. En aquest sentit, un dels aspectes més xocants de l’arribada de la informàtica ha estat la renúncia absoluta a aquesta exigència, com si la màgia dels ordinadors ja se n’ocupés per nosaltres.
Ara que he llegit l’esperançadora notícia que en algunes oficines encara s’utilitzen les màquines d’escriure per a omplir talons, factures, documents preimpresos i de comptabilitat, o adreces en sobres, m’ha vingut al cap la defensa aferrissada que en Josep Maria Espinàs sempre ha fet de la seva vella i imprescindible Olivetti. És una qüestió de sorolls. Sembla que sentir el tac-tac, tac, tac-tac, tac, el tranquil·litza i l’anima. «És com si, quan pico la te, i la o, les lletres em parlessin. El meu teclat de palanques té vida. Pica sobre la cinta que va passant lentament». Però que ningú no s’enganyi. L’escriptor és conscient que els temps canvien i, per aquest motiu, en el capítol d’agraïments del seu darrer llibre, El meu ofici, diu això: «A l’Olivetti Studio 46 i als fabricants de cintes, que per cert cada dia duren menys. És un discreta manera de dir-me que les coses s’acaben». A les barricades!!! 

27/12/2011

EL TITÁN DEL QUIQUIBEY (Y II)

Foto: R. Berrocal
(... Viene de hace dos días)
En la terminal de trenes de la liberación en Toulouse, en 1945, Antonio García Barón ya había tenido tiempo de dibujar su futuro. No albergaba ninguna duda sobre su renuncia al dinero, al lujo y a una posición social en favor de una vida lo más sencilla posible, carente de los mecanismos de codicia que generan el odio y la competitividad. El único obstáculo para dar el salto al anhelado destino era salvar la burocracia europea. Fue un parto difícil, pero en cuanto se presentó la ocasión se embarcó con rumbo a Bolivia. «¿Qué podía esperar ya de aquel continente que me había deparado dos guerras en el espacio de pocos años, la destrucción de mi familia, de muchos de mis parientes y amigos, y una estancia de cinco años en uno de los peores campos de exterminio nazis? Debía buscar a partir de ahora un paisaje nuevo, algo más que aquel trozo de cielo austriaco que veíamos desde Mauthausen, un mundo distinto, renovado, libre de las huellas de Caín».
Si durante un lustro la única libertad posible había pasado por el suicidio, en adelante se sustentaría en la frondosidad de la selva amazónica. No estaba dispuesto a matarse por la comodidad. Acostumbraría su maltrecho cuerpo a tan sólo lo imprescindible, ordenando su vida de una forma racional y espiritual. Mauthausen le había enseñado que no hay cosa peor que recordar en la adversidad los tiempos felices. Pero aquella etapa había quedado atrás para siempre y ahora ambicionaba todo lo contrario, emprender un proyecto de vida que en el futuro le permitiera recordar cuánto había merecido la pena. Había sobrevivido al infierno y, pese a que esa circunstancia sería su remordimiento, también sería su venganza. Odiaría odiar, aunque no olvidaría jamás.
La lectura de El precio del paraíso despertó en mí un ardoroso deseo de regresar a la tierra que devolvió a la vida a Antonio García Barón. Me pasé dos años sin quitarme de la cabeza esa remota región del Beni que apenas había tenido tiempo de degustar. Ansiaba con todas mis fuerzas volverme a adentrar en la espesura de la selva. Y un día sucedió lo inimaginable. Recibí una llamada de Marco Antonio, mi guía, el nieto del aragonés. Se había pasado un año malviviendo en Mallorca, sumido en una insana añoranza. A la semana siguiente volaba desde Barcelona con destino a Rurrenabaque, su tierra, y me pidió que lo acogiera en mi casa durante una noche. Se me disparó el corazón con tanta furia que en cuanto colgué el teléfono me fui a comprar mi billete. Marco Antonio no se iría a Bolivia sin mí. Pocas veces me he sentido tan satisfecho de haber tomado una decisión tan drástica como en aquella ocasión. Ni que decir tiene que los quince días que pasé en la selva boliviana fueron los más intensos de toda mi vida. Puedo asegurar que jamás he encontrado a una persona tan noble como Marco Antonio, digno heredero de su abuelo. Y sí, como no podía ser de otro modo, conocí también a Antonio García Barón, con quien me bastó media hora de charla para percatarme de que estaba ante un ser humano extraordinario. Un hombre que experimentó en propia piel lo bueno y lo malo de la humanidad en una situación límite, la generosidad y el envilecimiento. Tampoco tardé en darme cuenta de que era mucho mayor de lo que reflejaba su aspecto. Al fin y al cabo, ¿cuántos años de vida representan un lustro en Mauthausen?

26/12/2011

ELS AIXAFAGUITARRES DEL NADAL

Foto: Imatges Google
Que als Estats Units ciutadans partidaris i contraris al Nadal tinguin ganes de buscar brega és la prova fefaent que la crisi no ha aconseguit minar l’optimisme de la població amb la mateixa ferocitat amb què ho ha fet a la vella Europa. Aquí hi ha hagut unanimitat respecte a combatre l’ensopiment dels darrers temps amb qualsevol motiu de celebració i alegria. A l’altra banda de l’Atlàntic, en canvi, han sovintejat els casos de boicot d’aquestes festes. A Texas, per exemple, hi ha una disputa instigada per la Freedom from Religion Foundation, que aboga per la separació entre l’Església i l’Estat, per tal que sigui retirat un pessebre o, a falta d’això, perquè s’enlairi també una pancarta atea al costat d’aquell anunciant l’arribada del solstici d’hivern. A Carolina del Sud s’ha donat un cas similar. Un hospital estatal ha prohibit que hi hagi escenes nadalenques a les seves instal·lacions. Per no parlar de les veus que clamen per la conveniència de desitjar “bones festes” en comptes d’un “bon Nadal”. Per acabar-ho d’adobar, el congrés dels Estats Units s’ha sumat a la polèmica i ha fet pública una resolució no vinculant en què expressa “la sensació de la Cambra de Representants que els símbols i les tradicions del Nadal haurien de ser protegits per a l’ús de qui vulgui celebrar el Nadal”.
Sembla que l’oposició a aquesta festivitat ja ve de lluny. El més gran enginy de la literatura nord-americana i amb seguretat el seu cínic per excel·lència, l’escriptor Ambrose Bierce, va vilipendiar el Nadal fins als seus últims dies a la frontera mexicana. Va definir-lo en el Diccionari del Diable, un glossari satíric, com “una jornada consagrada a la golafreria, l’ebrietat, la sensibleria, els regals, l’estupidesa pública i la conducta desordenada a la llar”. Abandonà fins i tot l’esperança de trobar-se amb algun brillant geni o, fins i tot, un idiota inspirat, que, en comptes d’expressar els seus millors desitjos, fos capaç de mantenir la boca tancada. Per això odiava la blanesa de l’Ebenezer Scrooge, el personatge de Dickens, que en tan sols una nit va passar del mític “bah! faules!” al “Déu beneeixi tothom”.
Tot plegat, pura exageració. Jo em quedo amb la definició que el Nadal és la tendresa del passat, el valor del present i l’esperança del futur. Possibilita, en definitiva, que recordem les il·usions de la nostra infantesa i les alegries de la nostra joventut i transporta al viatger a la seva xemeneia i a la dolçor de la llar. Ho va dir en Charles Dickens i, què voleu que us digui, a mi em convenç completament. I si no, decidiu-vos a passar un Nadal fora de casa i ho comprovareu.