3 d’abr. 2018

NOS HEMOS QUEDADO SIN PACO

Paco junto a Montse Clavé, como yo quiero recordarlo 

Leer novela negra o policíaca era algo así como comer carne con tendones. Se me hacía una bola indigerible. Resultaba enormemente frustrante porque, pese a los constantes fracasos, no dejaba de atraerme. Hasta que un día –hace ahora diez años– mi madre vio un anuncio en el periódico: una librería de la Barceloneta especializada en el asunto organizaba clubes de lectura. Ni lo dudé. Llamé, me presenté en NegrayCriminal, en la calle de la Sal, y al mes siguiente me sumergí en la novela seleccionada por Paco Camarasa, el librero que había organizado el tinglado: La tercera virgen, de Fred Vargas. No sé si fue por la obligación de hablar en público sobre la misma, pero el caso es que la leí con esmero y, claro está, me fascinó. Tras dejarnos decir la nuestra, el análisis posterior de Paco, al que me sometí con el recelo del profano, contenía tal cantidad de matices que encumbró la obra de la autora francesa hasta lo insospechado. Una minucia en comparación con lo que aquel hombrecillo de mirada asiática y un hilillo de voz que amenazaba con dejarlo tirado en cualquier momento iba a conseguir conmigo: convertirme en un lector atento y fino, y tan incondicional al talento de los grandes del género como despiadado con las sucias artimañas de los embaucadores. Y eso que Paco, fueran o no ovejas descarriadas, los acogía a todos bajo su manto celestial. Mucho había que pincharlo para conseguir de él un atisbo de crítica. Siempre hallaba algo que acababa salvando de la quema al interfecto. Porque por encima incluso de la sabiduría y humildad de Paco, estaba su generosidad. No hay prueba más irrebatible que su Sangre en los estantes, ese magistral testamento en el que, tanto por la parte escritora como por la lectora, no ha querido dejar fuera a nadie.
El cierre de NegrayCriminal en el año 2015 me supuso un gran disgusto. Comprar una negra o policíaca lejos de las cuatro paredes de aquella librería coquetona a la que uno llegaba cansado tras una buena caminata pero ansioso por que Paco le sacara alguna de sus latitas de caviar ya no es lo mismo. (Amén del vino y los mejillones de Montse de los sábados.) Pese a todo, aún podíamos seguir contagiándonos de su pasión en los clubes de lectura a los que nunca renunció y en esa BCNegra que él solito se había inventado y para la que ya no podrá haber mejor comisario. En los últimos tiempos, la enfermedad nos lo ha ido dosificando y al final ha acabado por arrebatárnoslo. Me despedí de él en la cárcel Modelo –qué mejor lugar para hacerlo con Paco– el pasado domingo 4 de febrero, en el acto de clausura de la BCNegra, con Andreu Martín y Juan Madrid tratando de dar réplica a esas preguntas brillantes que con tanta naturalidad formulaba. No tengo ninguna duda de que ahora mismo ya se está tomando su primer vinito con Francisco González Ledesma, el jefe de la banda, y su querido Manuel Vázquez Montalbán, y despotricando contra el régimen con su retranca valenciana. Poco consuelo, sin embargo, para quien tampoco tiene ninguna duda de que, a partir de hoy, el mundo sin él será un poco peor. Nos hemos quedado sin Paco.

12 de març 2018

Y VAN TRES

Con mi hija Clàudia, divina e incondicional

Siempre recordaré el pasado 2017 como mi ‘annus horribilis’. Tanto ha sido así que hasta el aspecto deportivo se ha visto salpicado: cinco meses parado por culpa de una rotura fibrilar en el isquio derecho. No pude volver a correr hasta septiembre y la inactividad y el obligado cambio de escenario de mis entrenamientos –los ascensos por la montaña en sustitución de la planicie de asfalto junto al mar– tuvieron consecuencias a las primeras de cambio: dos ‘pedradas’ en los gemelos me dejaron postrado un mes más. La desesperación se apoderó de mí: “¿iba a tener que renunciar a una de las actividades más placenteras de esta vida?”. Ni hablar. Lo volví a intentar en octubre, tomando todas las precauciones habidas y por haber y, de paso, cambiando mi forma de correr: se acabó apoyar los talones en el suelo en mis pisadas. Poco a poco, las piernas fueron desentumeciéndose y recuperaron su vigor. Pronto dejé de conformarme con llegar hasta Torre Baró y continué devorando kilómetros por la maravillosa pista del Passeig de les Aigües, respirando aire puro, deleitándome con la espléndida vista que ofrece de Sant Cugat y añorando el mar en la lejanía. También alterné los indispensables entrenos matutinos del fin de semana con entrenos vespertinos en días laborables. Hasta me compré un frontal para romper la absoluta oscuridad, evitar una indeseada torcedura de tobillo y no darme de bruces con algún jabalí despistado.
Y en enero quise probarme en serio. Para ello, y como otras veces antes, cogí el tren hasta Premià de Mar con la intención de volver a casa corriendo. ¡Un desastre! En el kilómetro veinte, a la altura de las torres Mapfre y a falta de tres para llegar, tuve que sentarme a descansar. No podía con mi alma. ¿La maratón de Barcelona? Ni por asomo. Lo intenté de nuevo en febrero y… ¡sorpresa! Corrí en el tiempo que me había propuesto de antemano. “¿Habría sido un espejismo?”. Tenía que cerciorarme y reincidí al cabo de una semana. El resultado fue igual de bueno. De repente, el gusanillo de la maratón apareció en todo su esplendor. Supe que iba a estar allí. Necesitaba más que nunca estar allí. Y fue entonces, tras un encuentro fortuito con Hugo, vecino, amigo y compañero de fatigas en mi primera maratón, cuando me hice con un dorsal. “¡Mil gracias, muchacho!”. Ya no había vuelta atrás.
Lo de ayer fue más la ilusión de verme en la línea de salida que otra cosa. Con únicamente trescientas horas de vuelo frente a las ochocientas recomendadas para correr con garantías una maratón, mi única pretensión era hacer kilómetros hasta que el cuerpo dijera basta. Ni siquiera tenía la esperanza de llegar a Arc del Triomf, donde me esperaba mi hijo Héctor para correr juntos el último tramo. Salí desde el cajón de los corredores de 3h 45’–4h y, pese a la lentitud circundante, dominé mi impaciencia y me contuve. No estaba el horno para bollos. Me fui hidratando debidamente en todos los avituallamientos y conseguí correr dieciocho kilómetros con mi nueva técnica de carrera, hasta que gemelos y tobillos se rebelaron al unísono. Pese a todo, me notaba con las fuerzas intactas y seguí a lo mío. Los trocitos de plátano que engullí a la altura de la media maratón me permitieron afrontar la pesadilla de la torre Agbar y superar primero el kilómetro treinta y después el temido ‘muro’. Estaba ya muy cerca de mi hijo… y la maldición que hasta la fecha nos ha impedido correr juntos volvió a hacer de las suyas. No nos encontramos. Pese a que las dudas arreciaron, me obligué a no abandonar. Apreté los dientes, cerré los ojos, me sumí en agradables pensamientos y encaré la bajada de El Corte Inglés arropado por los ánimos de anónimos ciudadanos. Cuando me di cuenta estaba en el Paral·lel, a dos kilómetros de la meta. Bromeé incluso con la posibilidad de dejarlo a solo uno del final, en lo que hubiera sido un bonito acto poético. Pero no lo hice y completé mi tercera maratón, más seguro que nunca de que habrá más. Y para acabar, un aforismo del gran poeta valenciano Carlos Marzal: “El deporte nos reconcilia con lo real. Sudar es disipar desdichas”.

12 de març 2017

MI YO DE AYER ES INVENCIBLE (POR AHORA)


En la última edición de la Cursa de l'Amistat
A los cuarenta y tres me dio por correr. Desde entonces, solo he estado parado diez meses por una artritis en un tobillo (regalo de mi primera maratón). Nunca me ha dado pereza madrugar y, lo mejor de todo, jamás me he aburrido entrenando. He descubierto mi cuerpo y la música, que desde tiempos inmemoriales capitalizaba mi hermano. También me ha quedado muy claro que no hay dos días de entreno iguales. Siempre pasan cosas. La última, a finales de septiembre del año pasado, cuando una tormenta bíblica me sorprendió en plena carrera a las siete y media de la mañana. Aunque en las inmediaciones del hotel Wela rememoré el desembarco de Normandía a causa de los truenos y relámpagos que caían inclementes, conforme me fui alejando de la playa de vuelta a casa experimenté un placer inmenso, pisada tras pisada, con mis viejas Mizuno hasta los topes de agua. Flotaba como un overcraft y, empapado de arriba abajo, corrí como hacía tiempo no lo hacía. Días después, con viento a favor, me vi embriagado por una sensación olfativa agradabilísima, de oso grizzly (quien no se conmueve con fruslerías es porque no quiere), al cruzarme con dos corredores jóvenes en la Mar Bella: la del jabón perfumado de sus equipaciones –en un pispás, visualicé no solo a sus abnegadas madres sino también el anuncio de Heno de Pravia de mi infancia–. Y hace escasamente dos semanas, en un entreno temerario de treinta kilómetros (demasiados para lo poco que quedaba antes de la celebración de la Maratón de Barcelona 2017), recorrí por primera vez todo el tramo de césped aledaño al lecho del río Besòs desde su desembocadura al mar hasta la linde con Montcada i Reixac.
Pero vayamos a las carreras, sin duda más atractivas para quien pueda leer esta entrada. No me entusiasman y las evito tanto como puedo. Solo corro dos al año: la Cursa de l’Amistat –diecisiete kilómetros desde el castillo de Montjuïc hasta el recinto del Tibidabo– y la maratón de Barcelona. ¡Craso error!, visto lo visto hoy. Y aquí permitidme que ponga un momento el freno para explicar cómo el pasado noviembre viví en propia piel la pesadilla de todo corredor: llegar tarde a una carrera. Fue en la citada Cursa de l’Amistat. Me dejó tirado Transports Metropolitans de Barcelona y, pese a que con otros tres corredores en mi misma situación conseguimos reunir el dinero para que un taxi nos subiera a la montaña de Montjuïc, salí el último a cinco minutos del pelotón. Superada la frustración inicial, conseguí dejar casi cuatrocientos cadáveres a mis espaldas en una carrera épica. No como en la Maratón de Barcelona de hoy, en la que una estrategia suicida ha dado al traste con mis ilusiones de batir mi récord personal para el que tanto me he preparado esta temporada. Ha sido un error de cálculo que achaco precisamente a mi falta de experiencia en carreras y al que pienso poner remedio. Me ha faltado personalidad para imponer mi ritmo y he ido a trompicones de flor en flor, o sea, confiando en mantener el que marcaban otros corredores. En el kilómetro diez ya me había hecho el harakiri, y lo triste es que no me he enterado hasta el treinta y cinco cuando en un avituallamiento he perdido al matrimonio de franceses talludito como yo al que perseguía desde la torre Agbar. Me he sentido como Tom Hanks en El náufrago, desesperado por encontrar a Wilson y con el nivel de glucógeno en los pies –estos, además, me hervían por culpa de una mala elección de calcetines en la que he encontrado similitudes con el McLaren de Fernando Alonso–. Poco después del treinta y seis, a punto de llegar a Arc de Triomf, he dicho basta cuando todavía era posible el récord. No quería ser también yo un cadáver. ¡Una lástima! Sobre todo porque, por segunda vez, he dejado colgado a mi hijo en el passeig Colom, a la espera de enlazar con él para que me ayudara a completar el recorrido. Según la afortunada frase del escritor Haruki Murakami, si hay un contrincante al que debes vencer en una carrera de larga distancia, ese no es otro que el tú de ayer. De momento, tras tres intentos, no lo he conseguido. La edad juega en contra, pero esto no ha acabado aún.  



3 d’abr. 2016

GRÀCIES, JOHAN!



La frase de la discòrdia
En les hores prèvies al clàssic de futbol, poso la tele per estar-ne al corrent de les possibles novetats d’última hora i topo amb el directe in situ d’un dels inefables periodistes d’esports de TV3. Sense amagar la seva emoció, mostra a l’audiència com si fos un tresor la samarreta blaugrana amb la frase “Gràcies Johan” amb què el FC Barcelona ha volgut homenatjar el recentment desaparegut ídol holandès Johan Cruyff. Des del plató, els seus companys s’apressen a aclarir que, evidentment, el periodista està obligat a retornar-la al club perquè només se n’han fet tres per a cada jugador de la plantilla. Immediatament, penso que en el futur algú pagarà un bon grapat de diners per aquella exclusiva peça de roba, però que jo, encara que m’ho pogués permetre, no ho faria. Em disgusta sobre manera que ni tan sols no s’hagin pres la molèstia d’escriure “Gràcies, Johan” amb coma, o, fins i tot, “Gràcies, Johan!”, amb coma i signe d’exclamació, que és el que hauria pertocat a causa de la grandesa de l’homenatjat. (L’absència de l’exclamació encara l’hauria perdonada, ja que, ben mirat, els catalans sempre hem estat refractaris a mostrar en públic els nostres sentiments, com aquells aldeans danesos de la inoblidable pel·li ‘El festín de Babette’.)
Al vespre, a l’àmplia sala d’estar de la Laura, que ha convidat a veure uns quants amics el partit davant del seu formidable televisor, no puc evitar fixar-me en dues enormes pancartes arran de gespa amb la frase “Gràcies Johan” i en una altra d’idèntica de la penya Almogàvers. Acte seguit, apareix el mural de paper xarol que el públic ha format a requeriment del club i que veurà mig món: “Gràcies Johan”. Faltaria més. Enrabiat, em dóna per treure conclusions i em pregunto si en realitat no es tracta d’una mena de sabotatge o una conseqüència de la fredor amb què les darreres directives han tractat Johan Cruyff. “Li fem aquest homenatge per acontentar tothom, però tampoc no ens passem de frenada, eh! (amb exclamació, ara sí)”. De cop i volta, l’amfitriona, tan observadora o més que jo, llança a l’aire la pregunta: “Però no hi hauria d’haver una coma entre el ‘Gràcies’ i el ‘Johan’?”. L’hauria abraçada. No estic sol. Tracto d’explicar com m’ha estat mortificant tota la tarda aquella coma absent mentre recordo una classe d’història de la meva infantesa en què el professor va parlar-nos de l’ajusticiament erroni d’algú perquè un altre va oblidar una coma ‒“‘No tingui pietat’, en comptes de ‘No, tingui pietat’”‒, però el partit ja ha començat i només la Laura se’n fa càrrec. Al minut seixanta, algú treu ferro al gol de l’empat de Benzema tot afirmant amb rotunditat: “Va, ara començaran a baixar físicament i els matxacarem”. Sorprenentment, qui es queda sense benzina és el Barça i el resultat final no pot ser més decebedor: 1 a 2 a favor del Madrid. “Gràcies, Johan!”, exclamo dintre meu. 



14 de març 2016

HE VUELTO A SER 'FINISHER'



Con mi hija Clàudia, el sorpresón del día
En la pasada edición de la maratón de Barcelona hinqué la rodilla a nueve kilómetros del final, por lo que me he pasado todo el año lamiéndome las heridas y entrenando como si me fuera la vida en ello. He subido hasta el castillo de Montjuïc unas cincuenta veces, no me ha importado coger el tren hasta Premià o Vilassar de Mar para regresar a casa corriendo y he buscado con ahínco el suelo blando del lecho del río Besós igual que un cowboy los ansiados pastos para su ganado. En definitiva, he disfrutado de lo lindo sufriendo para volver a ser finisher.
Hubo dos momentos memorables en la carrera de ayer. El primero se produjo en la Diagonal, cuando gocé de quince segundos de absoluta ingravidez mientras sonaba el Caruso de Lucio Dalla en mis auriculares (algún día hablaré en profundidad de esta sensación tan fugaz y placentera, el súmmum de todo corredor). El segundo, llegó después del kilómetro 34. Noté cómo me desprendía de la losa que había llevado a cuestas durante doce meses y me liberaba de toda la presión acumulada. Sabía que iba a ser muy difícil superar el tiempo del día de mi estreno tres años antes y me limité a paladear el último tramo del recorrido. En la calle Marina, como ya estaba previsto, se unió a mí mi amigo Gustavo y le confesé que no tenía ninguna duda de que iba a llegar al final. Estaba enterísimo e incluso me permití el lujo de desoír las quejas de mis tobillos, debilitados por tantos kilómetros de entreno acumulados. Ya habría tiempo para descansar y para mimarlos como se merecían con mi poción mágica de hierbas y arcilla verde. Delante de El Corte Inglés, gracias al calor de un público completamente entregado, desapareció también de una vez por todas el frío que me había martirizado en las calles sombrías del Eixample. Tan solo faltaba darse el gustazo de bajar a buen ritmo por la Via Laietana y de encarar el Passeig Colom antes de llegar al Paral·lel. Lo que no sabía era la sorpresa que aún me aguardaba: mi hija Clàudia saltaba un murete de piedra a la manera del espontáneo de una corrida de toros y se unía a nosotros para acompañarnos hasta la meta. Ni que decir tiene que se me hizo un nudo en el estómago y que me vi obligado a contener un puchero. El caso es que la interminable recta final, en la que casi fui llevado en volandas por mis fieles escuderos, me supo a gloria, y la puntilla de los últimos doscientos metros en subida la recordaré con deleite toda mi vida. He vuelto a ser finisher y, ahora más que nunca, tengo la plena convicción de que lo seguiré siendo mientras el cuerpo aguante.   


18 de març 2015

COMO UN HUTU POR LA BARCELONETA

Con las fuerzas todavía intactas

De entre la infinidad de razones que llevan a correr una maratón –una, al menos, por cada corredor–, hasta ahora la mía se cernía exclusivamente a la posibilidad de escribir sobre esta prueba atlética con conocimiento de causa. Pero el pasado domingo, en la Zurich Marató de Barcelona 2015, se quedó en nada al descubrir que yo, en realidad, corría para emocionar a los míos durante unos segundos a fin de perpetuarme en su inconsciente. Por eso cuando en el kilómetro treinta y uno, en la curva del Fòrum, mi mujer y mis hijos tampoco aparecieron entre el numeroso público que se apiñaba tras las vallas, tal como habían dejado de hacerlo una hora antes a mitad de carrera, la aflicción y el desaliento se adueñaron de mí y, agarrándome uno por cada brazo, como una patrulla policial, me sacaron literalmente de la carrera. Mira tú por dónde, una inesperada descoordinación familiar, el único cabo que no había dejado atado de antemano con la suficiente escrupulosidad, fue la que me condenó. Si en mi primera maratón, la de 2013, ver a mi hijo Héctor concentradísimo tratando de que no se le cayera el gel energético que debía suministrarme me dio alas hasta la meta, en esta ocasión su ausencia, unida a la de mi mujer y mi hija, consumió en un santiamén las escasas fuerzas que aún me quedaban. De repente topé con un muro que se revelaba más alto que el Empire State y, presa de un miedo cerval, mi cabeza decidió claudicar sin encomendarse siquiera al dictamen de las piernas. Así que sucedió lo inevitable. En el kilómetro treinta y tres, en una mediana de la avenida del Litoral, sucumbí a la tentación y, desviándome de mi trayectoria, me arrojé en plancha sobre una suntuosa lengua de césped primaveral. Ya no había vuelta atrás. Acababa de abandonar de buenas a primeras y, durante los siguientes cinco minutos, fue como patalear en el fondo del mar para zafarme de un pesado lastre y ascender a la superficie a coger aire. Hasta que no lo conseguí, no hallé alivio. Casi perdí la consciencia, aunque quizá solo se tratara de un leve duermevela atribuible a la relajación muscular. No sé si en ese momento mi cabeza llegó a concebir el regreso a la carrera, pero si lo hizo las piernas le devolvieron el desaire, pues al incorporarme ya no me sostenían.
Lo que sucedió a partir de ese momento es el equivalente a la cara oculta de la Luna. Sin ser ostensible, ahí está. Con serias dificultades para caminar, y abatido por un vacío espantoso, me fui alejando como un jinete solitario de la enloquecedora marea de corredores –todo se ve muy distinto desde el otro lado de la barrera– que aún pugnaba por su recompensa. Crucé el paseo marítimo al tiempo que me desprendía de los imanes que aguantaban el dorsal y, al llegar a la linde de la playa de la Barceloneta, me descalcé indeliberadamente, sin venir a cuento, como hubiera podido alisarme una ceja. Había enterrado todo vestigio de corredor y deambulé por la arena con la mirada extraviada y los remordimientos a flor de piel, igual que aquellos hutus infames que, tras el genocidio de Ruanda, huyeron con sus crímenes a cuestas hacia la frontera del Zaire. 
Ahora ya sé que rendirse también tiene consecuencias. La más inmediata, de orden físico: una tiritera pertinaz que no remitió ni con el agua caliente de la ducha de casa. La más alarmante, de orden mental: el orgullo herido por no haber sido capaz de cruzar la meta y el reconcomio por la frustración. Bien es cierto que, poco a poco, me voy centrando en un único y abrumador objetivo: cómo afrontar los últimos nueve kilómetros de la Zurich Marató de Barcelona 2016. Mucho me temo que esa va a ser mi gran obsesión a lo largo de este eterno año de espera que acaba de dar el pistoletazo de salida.


29 d’ag. 2014

EN LAS TRIPAS DEL DRAGÓN

Foto: Jordi Cotrina

La pasada madrugada formé parte del contingente de trescientos corredores que, entre más de 15.000 candidatos, había reclutado a principios de mes la cadena de televisión Discovery Max para recorrer, cuales Filípides y Atalantas a las órdenes del espartano Leónidas, los diez kilómetros que separan las estaciones de Universitat y Gorg, en la línea 2 (la lila) del metro de Barcelona. La selección se había realizado conforme a criterios literarios y no deportivos, por lo que este lletraferit, con la autoestima por las nubes, ha pasado un agosto venturoso –no está claro si para bien o para mal de su círculo familiar.
La misión que se nos había encomendado era casi pionera en el mundo. Tan solo existía un precedente: la avanzadilla de cien elegidos que el año pasado había explorado las entrañas del metro de Madrid. Así pues, sintiéndome un experto zapador –o al menos eso creía yo hasta que me topé con el exjugador de fútbol Julio Salinas–, me dispuse a afrontar el desafío. Tras una larga espera y un calor asfixiante que combatí hidratándome con los líquidos que, con sabio criterio, nos había facilitado el Estado Mayor, bajé a las vías por una endeble escalerilla y me uní al batallón que se me había asignado (nos separaron inteligentemente en siete escuadrones de cuarenta unidades que se distinguían por unas pulserillas de colores y que partían a intervalos de dos minutos). Tan pronto como me vi en primera línea del frente tuve la sensación de que el subconsciente me estaba traicionando y de que, en realidad, acababa de adentrarme en el interior de un ser vivo, algo así como un inmenso reptil antediluviano. El túnel del metro parecía respirar, igual que ocurre de madrugada con los hospitales. Bajo el imprescindible casco con el que me habían pertrechado me llegaban sonidos de todos los rincones, a cuál más terrorífico. Creo que no fui el único en percibirlos, pues de repente la cautela que nos había llevado a correr en fila india los primeros metros desapareció como por arte de birlibirloque y, jugándonos el físico, empezamos a adelantarnos los unos a los otros con un frenesí demencial. Envueltos en una inquietante oscuridad, sabíamos que el firme escondía un sinfín de trampas (espadines, contraagujas, patas de liebre, cojinetes de resbalamiento, baldosas sueltas, charcos, agujeros en el enrejado, grasa...), pero no por ello dejábamos de correr y saltar como posesos. Encontrábamos un sosiego provisional en la luz de cada una de las trece estaciones que interrumpían el trayecto, si bien cada vez que volvíamos a sumergirnos en las tinieblas del túnel, como el Marlowe de Conrad, una descarga de adrenalina amenazaba con reventarnos el corazón. Durante diversos tramos corrí solo, turbado por la posible presencia de algún roedor y soprendido por ventoleras inclementes que, además de certificar la existencia de aquel ser colosal en el que me hallaba, a punto estuvieron de hacerme dar con los huesos en los rieles. No veía el momento de llegar al final del túnel –¡perdón por la frase fácil!–, sobre todo a raíz de alcanzar las tripas de mi fantástico animal. Lo intuí porque en ese momento el intenso calor se hizo insoportable y me alarmé sobremanera (¿acaso el bruto se habría zampado a alguno de los gastadores que había salido antes que yo y se encontraba ahora en plena digestión del alimento?). El cavernoso intestino parecía habernos llevado directamente a las puertas del infierno y, obligados a dar saltitos para evitar las prominentes traviesas que bacheaban el espacio por el que transitábamos, presentí que corría sobre brasas. Cuando, ya sin fuerzas para dar un paso más, lo vi todo perdido, debí de sufrir un brote amnésico... No guardo recuerdo alguno de lo que ocurrió hasta escuchar los gritos de ánimo de mis valerosos compañeros. Había llegado al final del desafío Discovery vivito y coleando y hoy estoy aquí para contarlo.

21 de març 2014

CONTRA LAS NORMAS DEL LENGUAJE DEL MÓVIL

El otro día, al conocer la noticia de que un libro de texto de lengua castellana de 5º de Primaria contiene un capítulo en el que se recogen algunas de las normas básicas que, supuestamente, debe tener el lenguaje del móvil, saltó la chispa en el trabajo. Mis jóvenes compañeros –casi quince años menores que yo– se lanzaron a una defensa a ultranza del capítulo del susodicho libro, rompiendo incluso con el consenso generalizado de los internautas que, paradójicamente, horas antes habían incendiado las redes sociales con sus belicosos comentarios contrarios al mismo. Me quedé solo, pues, también paradójicamente, y sin ánimo de crear un precedente, me posicioné a favor de los internautas –debo decir que la única compañera de mi edad que intervino en el debate me tildó de antiguo y de refractario a los meteóricos cambios de nuestra sociedad tecnológica–. Confieso que me mostré torpe en mi razonamiento y que, impotente, hice gala de la misma pobreza argumentativa de los internautas, motivos suficientes para escribir ahora este post.
Mis compañeros apelaron a la necesidad de dotar de una cierta solidez normativa a ese lenguaje (o, mejor dicho, tal como aclararon, registro). En vez de rebatirles con sus mismas armas, me fui por los cerros de Úbeda. Con lo fácil que hubiera sido atarlos en corto diciéndoles que, precisamente, a causa del contexto en el que en su día nació ese registro, es un auténtico dislate pretender ponerle puertas. El principio fundamental de esta era tecnológica en la que nos hallamos es la libertad, por lo que, por encima de cualquier otra consideración, si hacemos caso de las arbitrarias normas que ambicionan imponer esos adultos repipis que han elaborado el capítulo del libro de lengua castellana, además de cargárnosla en un pis pas, estaríamos eliminando de un plumazo buena parte de los logros de esa “sociedad del bienestar digital”. Eso por no hablar de la obsolescencia implícita a las mismas. Han nacido demasiado tarde. Habrían tenido un cierto sentido –por razones estrictamente económicas– si hubieran surgido con los mensajes de pago del SMS, como antaño ocurrió, por ejemplo, con los telegramas. Sin embargo, ahora que disponemos de whatsApp y podemos escribir cuanto queramos y cómo nos dé la gana sin coste alguno ya no tienen ninguna razón de ser. Su papel es el mismo que el de los cursos de formación para desempleados o el de la mayoría de las ONG’s. Solo sirven para favorecer, bien sea con remuneraciones pecuniarias o satisfaciendo un errado prurito altruista, a quienes las han creado.
No olvidemos tampoco que esas normas van dirigidas a un público adolescente, que, al fin y al cabo, en su manera de comunicarse no hace más que traducir su periodo de rebeldía y que, como bien arguyen los expertos, juega a poner diferencias generacionales. Querámoslo o no, su anhelo es el de implantar una jerga que los distinga de los adultos. Por eso, basta que estos se inmiscuyan en sus asuntos para que se destape la caja de Pandora. En definitiva, queridos compañeros, creo sinceramente que en esta ocasión quienes habéis pecado de reaccionarios sois vosotros.

10 de des. 2013

BARCELONA YA PUEDE JUGAR AL 'ROOMIN'

¡Atención a todos los gamers en idilio permanente con su consola, a los pirados del rol, a los fanáticos de la novela de intriga, a los coachings devotos de las dinámicas de grupo… y, en general, a todo aquel que quiera evadirse durante un rato de los sinsabores de la vida cotidiana! Acaba de desembarcar en Barcelona una de las propuestas de entretenimiento más inusualmente frescas de los últimos tiempos: el Roomin. ¿Que de qué estoy hablando? De un juego. Pero no de un juego con protagonista virtual al uso ni sobre tablero, sino de carne y hueso y en un escenario a tamaño real. ¡Tranquis! Que no cunda el pánico ni aflore el escepticismo. Aquí no hace falta llevar la fantasía al extremo y asumir el papel de game master o guardián de los arcanos, ni el de elfo, mago o dragón. Como tampoco hay que protegerse con máscaras especiales y chalecos antibalas de pintura, ni usar aparatosas pistolas marcadoras. Nada de eso. Todo es mucho más sencillo. El jugador vive la aventura a pelo, sin dispositivos electrónicos o mecánicos ni encomendando su suerte a una carta. Y, por supuesto, puedes seguir siendo fulanito de tal o menganito de cual. Eso sí, si quieres que tu participación sea exitosa deberás aguzar los sentidos y estrujarte la mollera algo más de lo habitual. Incluso tienes la opción de mimetizarte con el entorno si eres de los que se entusiasman con facilidad y es ese tu deseo. La cosa promete, ¿verdad?
No he dicho todavía que hablo con conocimiento de causa. Yo ya he tenido la suerte de jugar al Roomin y la experiencia ha sido tan grata que me ha impulsado a escribir este post. Por eso, para no caer en el spoiler y ser acusado de chafaros la recomendación, me vais a permitir que me guarde los detalles. Os diré, sin embargo, que se trata de un juego de escape en vivo, en el cual resulta imprescindible afinar la intuición, el ingenio y la destreza, y que discurre por un camino paralelo al de películas como Saw o Cube. Hasta me atrevo a conjeturar que el origen etimológico del nombre, Roomin, nace de una mezcla entre “espacio interior” o “habitación cerrada” (room in) y “rumiar” o “cavilar”. Por cierto, que nadie se acoquine pensando que se verá inmerso en un recinto claustrofóbico ni en una de esas eternas partidas que invitan al bostezo. Ni mucho menos. Uno se mueve por el escenario de la acción a sus anchas y actúa sin prisas pero sin pausas. No en vano en este juego el tiempo de resolución es una premisa fundamental. De hecho, quien no la cumpla acabará saliendo con el rabo entre las piernas. ¡Ah, se me olvidaba! Como todo juego que se precie, el Roomin es de los que se comparte. Ahí reside su principal virtud. Por lo tanto, deberás enredar a un par o tres de amiguetes para que formen equipo contigo.
Confiando en haber cumplido con mi pretensión de poneros la miel en los labios, ya sólo me queda daros la dirección. Ahí va: http://www.roomin.es ¡Que lo disfrutéis!   

1 de nov. 2013

DECISIONES IMPOPULARES

Foto: Daniel Ochoa de Olza
En una tertulia literaria a la que asisto sin falta una tarde de domingo al mes, una amiga que lleva trabajando media vida de enfermera en un conocido hospital barcelonés plantea el siguiente dilema: “Mi compañera del turno de noche y yo tenemos la certeza de que en el último mes duerme en la planta un señor de avanzada edad, cuidado aspecto y modales impecables que no es familiar de ningún paciente sino otra víctima más de la crisis. Al margen de su discreción y disimulo, actúa con sobrecogedora dignidad, dedicando una parte del tiempo a resolver el crucigrama de La Vanguardia, y no hay mañana en la que no se asee en el lavabo de enfrente de la sala de espera. Nos falta coraje para llamarle la atención y hacemos la vista gorda porque, al fin y al cabo, su presencia no resulta nada molesta, pero también somos conscientes de que esta situación no se puede prolongar por más tiempo. ¿Qué haríais vosotros si estuvierais en mi lugar?”.
Nadie se atreve a proponer una solución apresurada porque desde el principio ha quedado claro que se trata de un problema poco menos que irresoluble. Ahora bien, creo que en el fondo todos sentimos el mismo deseo punzante de decirle que lo mejor es seguir como hasta ahora, enarbolando la bandera de la inacción, no en vano, pese a lo excepcional de las circunstancias, todo parece fluir con naturalidad. Perdonadme el momento zen pero, qué caray, tengo la corazonada de que obstaculizar caprichosamente una corriente energética favorable no es lo más indicado. Los recientes berenjenales en que se han metido dos de las más reputadas instituciones de esta ciudad por asuntos que guardan un cierto paralelismo así lo aconsejan. Por más vueltas que le doy, a medida que pasan los días más me avergüenza el veto del ayuntamiento de Barcelona al cartel con que debía anunciarse la exposición de la última edición del World Press Photo, un retrato del torero tuerto Juan José Padilla. Todo por ese afán de nuestros representantes municipales de llevar hasta la absurdidad su cansina cruzada antitaurina. Me pregunto si en su delirio no habrán confundido la velocidad con el tocino. Asimismo, no creo que sea necesario ser socio para sonrojarse con esa norma que se han sacado de la chistera los dirigentes del FC Barcelona para prohibir la entrada gratuita al Camp Nou a los menores de siete años. Por no hablar de las declaraciones de su presidente, quien, demudado una vez más en el mayor enemigo de sí mismo, sigue alejándose de la masa social que en otro tiempo vio en él a un salvador: “Soy el primero que está en contra de esta norma. Pero prefiero un titular que diga ‘Rosell no deja entrar a los niños’ a otro que anuncie que ‘Rosell ha matado a un niño’. Parafraseando a una antigua estrella blaugrana de raíces teutonas que se pasó al eterno rival, “no hase falta desirrr nada más”.
Creo sinceramente que las decisiones impopulares no existen. El calificativo “impopular” es un puro eufemismo para evitar hablar directamente de decisiones estúpidas. Claro que, pensándolo mejor, me temo que la estupidez y la impopularidad siempre van cogidas de la mano. Una decisión no puede ser impopular si antes no es estúpida.
Volviendo a mi amiga la enfermera, sin ninguna duda la mejor solución es la que le propuso su marido cuando le comentó el asunto: “Si por mí fuera, no sólo dejaría dormir a ese buen hombre en la sala de espera todas las noches que quisiera sino que, además, le llevaría un vaso de leche y unas galletitas”.


P.D.: Otro post huérfano y díscolo.

16 d’abr. 2013

'ESCRACHE', FONTANA, SAMPEDRO... Y LA THATCHER


Foto: Imatges Google
Tuve conocimiento del ‘escrache’ con otro término, el de ‘funa’, que es como se conoce dicha manifestación pacífica en Chile. Fue en un documental en el que los familiares de desaparecidos de este país andino en los años duros del régimen de Pinochet se dedicaban a levantar liebres que en otro tiempo fueron militares con los colmillos ensangrentados. Los perseguían por la calle con una contención moral y física encomiable que lo ponían a uno al borde del llanto y, de paso, lo congraciaban con la humanidad. Tenían motivos más que sobrados para descuartizar a aquellos viles asesinos allí mismo y, sin embargo, hacían gala de una civilizada imperturbabilidad.
Ahora que por otras razones igual de siniestras el ‘escrache’ ha llegado a España el gobierno se ha apresurado a tomar medidas para perpetuar la impunidad de esas diabólicas marionetas que, bajo el disfraz de políticos, actúan en connivencia con los poderosos. Y, naturalmente, no me he podido resistir a buscar un poco de luz en quienes han venido advirtiendo y denunciando con claridad meridiana el progresivo deterioro de la falsa sociedad idílica en la que vivíamos. Es el caso del historiador Josep Fontana. Este sabio humanista no duda en afirmar que si en los últimos doscientos cincuenta años, además de en un rápido progreso, hemos avanzado en los terrenos de las libertades y del bienestar de la mayoría no ha sido por una regla interna de la evolución humana sino como resultado de muchas luchas colectivas. Ni las libertades políticas ni las mejoras económicas se han conseguido por una concesión de los grupos dominantes, sino a costa de revueltas y revoluciones. Desgraciadamente, esta evolución se invirtió a partir de los años setenta del siglo XX, después de la crisis del petróleo, que sirvió de pretexto para iniciar el cambio. Aunque los sindicatos lo lograron retrasar una década, los empresarios, bajo la tutela de Ronald Reagan y de Margaret Thatcher, decidieron entonces que había llegado el momento de darle la vuelta al calcetín y de desguazar el estado del bienestar y limitar el papel de los gobiernos en el control de la economía. Por culpa de esa labor de zapa hemos llegado a la situación actual.
¿No es lícito, pues, que nos indignemos como lo hicieron hace un par de años los tristemente recién desaparecidos Stéphane Hessel y José Luis Sampedro? El enemigo se va concretando. Cada vez tenemos más claro que no nos estamos enfrentando a unos imaginarios molinos de viento, como don Quijote. El daño que se nos inflige es real; pocos son los que no lo sufren a diario en sus propias carnes. Y aunque la complejidad del mundo dificulte distinguir quién manda y quién decide, la peor actitud es la de la indiferencia. Sampedro empleó sus últimas fuerzas para recordarnos que de la indignación nació la Resistencia contra el nazismo y que de ella precisamente tiene que salir hoy la resistencia contra la dictadura de los mercados. No nos dejemos arrebatar esa saludable –y efectiva– medida de protesta que es el ‘escrache’. Que cunda el ejemplo de alguien que se ha ido con el consuelo de haber sobrevivido a la Thatcher. Aunque sólo haya sido por un día.

P.D.: Tras un año y cuatro meses de silencio, he decidido reabrir este blog para dar cabida a aquellos posts que, por su contenido, puedan herir la sensibilidad de cualesquiera otros (blogs) en los que se me acepte como colaborador. Me niego a cargar con huérfanos por su condición de díscolos si existe un lugar donde acogerlos.

31 de des. 2011

CORRER (Y II)

Foto: Gemma Pujol

Lo primero que haré mañana al levantarme será salir a correr. Llueva, truene o relampaguee, pienso estrenar mi nueva equipación de runner con que los Reyes de Oriente me obsequiaron en las últimas navidades y que pugna por salir del armario de una vez por todas. A ritmo de principiante, recorreré los cuatro kilómetros que separan Vallfogona de Riucorb (donde pasaré la Nochevieja) del precioso pueblo de Guimerà y, sólo en el caso de que me lleven las piernas, desandaré la carretera de vuelta a casa de mis queridos anfitriones Pascual y Loli. Sé que no será una carrera matutina al uso –uno más de los continuos entrenamientos del Zatopek del Correr de Jean Echenoz, sino que llevará implícita una gran carga emocional. Cuando ponga tierra de por medio sin mirar atrás, me separaré para siempre –de manera simbólica, afectiva y efectiva, por activa y por pasiva, y sin ambages– de El caçador d’instants, ese hijo ciclotímico (no en su manera de ser sino en cómo ha venido expresándose) con el que, pese a algunas ausencias y claudicaciones, he procurado comportarme como el mejor de los padres.
Si bien estoy satisfecho porque creo que lo he dado todo, justo es reconocer que El caçador d’instants es la historia de un fracaso. De los 365 artículos que me había propuesto escribir en otros tantos días, he hincado la rodilla en los 321. Trasmudado en un solitario corredor de fondo, he tenido seis meses sin tacha, pero otros seis llenos de turbulencias. De ahí el revés. En cualquier caso, creo que es la primera vez en toda mi vida que una decepción me sabe a gloria. Pagaré con sumo gusto la cena que me aposté con Enrique –uno de los amigos que más me ha animado a pesar de sus intereses contrarios– cuando se enteró de mi arrebato. Me libero, pues, de los grilletes que yo mismo me puse hace ahora un año.
En fin... pues pasa que me he quedado en blanco y voy a tener que recurrir a la escritura automática. Me disculpo por ello. Sé que los de las despedidas son artículos que se tienen preparados con mucho tiempo de antelación, pero yo aún me estoy haciendo a la idea de que mañana no me sentaré en la silla de madera retráctil de mi biblioteca, con música de fondo de Ella Fitzgerald, Pat Metheny o Jordi Bonell, y algún que otro puro habano, canario o leridano en los labios, mientras me estrujo la mollera para hallar el tema que me permita sacarme de la manga un texto de treinta o cuarenta líneas.
Sea como fuere, no quiero despedirme sin algunos de esos elegantes agradecimientos finales a los que tan dados son los escritores anglosajones. El primero de todos debe ser para Carles Mera, el verdadero artífice de la existencia de este blog. Su colaboración desinteresada durante un día entero para sacar El caçador d’instants del líquido amniótico de internet me persuadió de la descortesía que hubiera supuesto no haberlo seguido manteniendo a flote. El segundo es para todos los amiguetes y conocidos que no sólo acogieron con los brazos abiertos el proyecto sino que tan generosamente se han venido manteniendo fieles hasta el final. (Gabriel García Márquez tenía más razón que un santo cuando dijo aquello de que uno escribe para que lo quieran más.) El tercero, para los lectores que alguna que otra vez se han dejado caer para interesarse por algún artículo. El cuarto, para los tres colaboradores de lujo que me han relevado en alguna fase de desánimo: Pascual, mi madre y mi hija Clàudia (¡ah, y ese colaborador secreto al que tanta grima le da aparecer!). Y, para acabar, a mi familia... por no echarme de casa por habérsela llenado de humo y de olor a puro, un día sí y el otro también, desde mi encierro monacal y, sobre todo, por haber dejado de ser quien fui alguna vez. Espero volver a serlo. Cuento con todo el 2012 para conseguirlo. Prometo intentarlo con todas mis energías ahora que soy consciente de hasta dónde pueden llegar mis deseos.

30 de des. 2011

AMIC DE LA NIT, EL JAZZ I ELS CIGARS

Fotomuntatge: Laura Gas


Tinc el cim d’El caçador d’instants a tocar i, si bé governo les meves darreres passes amb l’eufòria d’haver escalat la muntanya més alta de la meva vida, també m’envaeix la tristor dels moments de joia que he deixat enrere i que s’han perdut irremissiblement, com aquelles molles de pa del conte del Cigronet. No hi ha dubte que els desitjos de la ment humana són encara més inescrutables que els camins del Senyor. És curiós, però el que més em vindria de gust ara mateix seria lliscar per un trampolí gegant i, a la manera dels esquiadors de la tele que demà passat donaran la benvinguda al nou any abans que ho faci La marxa Radetzky de l’Òpera de Viena, volar cap al buit per tornar a començar. Serà cosa de la síndrome d’Estocolm o de la famosa depressió postpart de què parlen alguns escriptors pusil·ànimes en acabar les seves obres?
Avui, no sé si per la buidor que sento, també a mi em ve de gust mirar-me una mica el melic i fer-vos cinc cèntims del procés creatiu en la meva aventura d’escriure un post diari durant el 2011. Sobretot després que, ara fa un any, a una setmana vista del començament del projecte, faltés ben poc perquè la ingenuïtat del neòfit m’impulsés a batejar el bloc amb el nom d’Escrit en mitja hora. Ja! Poc podia imaginar-me que la mitjana diària d’elaboració d’aquests articles seria de tres hores i que n’hauria de robar-li tantes a la son que acabaria esdevenint un altre dels assidus nighthawks de la barra del dinner del famós quadre de l’Edward Hopper. Un falcó noctàmbul que ha compartit aquest tenebrós regne amb els dignes i indignes treballadors del torn de nit del servei de neteja de Barcelona (un dia, en una mostra de realisme brut sense parangó, vaig veure com des d’un petit cotxe elèctric de BCNeta estacionat a la cantonada del carrer de davant de casa sortien disparades dues llaunes buides de cervesa), així com amb la caterva de perdularis ebris i sorollosos, autòctons i forasters, que pul·lula sense treva per la ciutat.
Jo m’havia imaginat una escriptura més plàcida, constantment bressolada per les nimfes de la inspiració, però ni molt menys ha estat així. He hagut d’aparcar la meva vida per donar vida al bloc i, un cop més, reconèixer la sàvia lucidesa de la dita popular de «qui vulgui peix que el vagi a pescar». El dia a dia m’ha fet desistir de la visió romàntica d’alguns escriptors, com per exemple la Isabel Allende, per a qui el seu procés creatiu és l’interval de temps que va des del moment en què encén un ciri fins al que mor consumit. Jo no he tingut més remei que baixar a l’arena d’una mena de circ romà per tal d’enfrontar-me a tot un seguit d’entrebancs imprevistos i dimonis particulars (el cansament físic i mental, la conciliació del bloc amb la vida familiar i laboral, l’angoixa d’una permanent inseguretat, la por al paper (a la pantalla) en blanc –ara sé que és certa– i al desinterès dels lectors,...).
Sortosament, a mig camí han aparegut dos aliats d’excepció: la música de jazz i els cigars. El primer m’ha permès de mantenir-me despert en els instants de defallença (que bé que sona un saxo, una trompeta, una guitarra o un piano a les tres de la matinada, amb tots els sentits exacerbats, al límit de les forces). El segon, fer un parèntesi per pensar. Coincideixo amb la Florence Delay, autora d’Els meus cendrers, en què quan s’està perseguint una forma o una imatge una bona pipada fa miracles. A banda que hi ha un no sé què de metafòric en la relació de l’home amb el tabac. I és que, en certa manera, som com un cigar que s’encén i, després, ¡puf... s’ha acabat! Però, ai las!, tenim la capacitat de ressuscitar... perquè sempre hi ha un altre cigar per encendre, un altre projecte per començar! 

29 de des. 2011

LOS DIOSES DEBEN DE ESTAR LOCOS

Foto: Oriol Alamany
¿Cómo puede una silueta decir tanto de un lugar? No me cansaré nunca de mirar a ese paciente guepardo, sentado entre matorrales en un altozano, a la espera de que se levante el día para tonificar sus músculos diseñados para la carrera con los primeros rayos del sol. El autor de la imagen, el fotógrafo Oriol Alamany, me ha confesado que fue el primer cheetah que vio en su vida y que la escena lo sobrecogió de tal manera que tuvo que respirar a fondo para que no le temblara la cámara en la que había montado un pesado teleobjetivo y en el último momento se le fuera al traste ese inusual plano. Al margen de la foto, le he oído decir siempre que bastaron unos pocos minutos en el Kalahari para enamorarse de su magia. Poco más o menos me ocurrió a mí con este inolvidable desierto sudafricano al que llegué una tarde invernal. Si bien no tuve tanta suerte como Oriol, sería injusto quejarse cuando la primera imagen que presencié fue la de una pareja de orix –el animal más representativo de estas tierras– paciendo sobre una inmensa alfombra de arena roja y delicada como la piel de un bebé. Estoy seguro de que fue aquí donde el escritor Michael Ende encontró la inspiración para dar con el león de Graógraman, la primera criatura fantástica que creó Bastián, el niño protagonista de La historia interminable. Sólo quien ha tenido la dicha de contemplar los reflejos cambiantes de las dunas del Kalahari puede comprender que cuando el citado felino modificaba el color de su pelaje conforme avanzaba por ellas también lo hacían sus sensaciones, no en vano este hipnótico paisaje tiene la virtud de sumirlo a uno en una sugestión permanente.
En este durísimo entorno vive una de las tribus más primitivas del planeta, la de los bosquimanos o san. Como en tantas otras tierras colonizadas por el hombre blanco, ha sido pasto de los abusos y la discriminación del invasor, y relegada a indignos asentamientos. Uno no tiene más que otear el brillo lejano de los techos de hojalata de sus míseras viviendas para intuir los estragos de la codicia humana. Es una mácula difícilmente digerible que empaña muy mucho las bondades del lugar y que lleva a pensar que, con más frecuencia de lo que se cree, los dioses deben de estar locos.

28 de des. 2011

NOSTÀLGIA DE MÀQUINA D'ESCRIURE

Foto: Imatges Google
Ja fa uns mesos que, com qui no vol la cosa, la meva mare em tempteja a l’espera que acabi claudicant i li doni la conformitat per desfer-se de l’antediluviana màquina d’escriure de la meva adolescència, una imponent Olympia Internacional que va entrar a casa directament de l’oficina de no sé quin parent en substitució de la malmesa Olivetti Lettera 35 dels meus primers treballs escolars. Tinc claríssim que, igual que he fet fins ara, en el futur immediat continuaré fent-me el longuis i donant-li llargues; he pres la decisió per endavant perquè, francament, no contemplo la possibilitat de desempallegar-me’n, sobretot ara que els meus fills, encuriosits, hi juguen i l’hi han agafat un cert afecte. I és que, ben mirat, aquest enginy exerceix un magnetisme que el fa irresistible. Quantes vegades alguns dels seus dispositius no hauran estimulat la meva imaginació infantil. Costa oblidar el plaer que experimentava movent la palanca de carro lliure per a canviar de línies pensant que en realitat estava accionant la dels intermitents del Seat 127 del meu pare. O com em convertia en client d’un hotel imaginari teclejant fins a fer sonar el timbre que avisa quan s’arriba a la vora del marge. També vaig esdevenir botiguer manipulant, com si es tractés d’una precisa balança, els tabuladors metàl·lics. I què dir del moment en què, aixecant l’armadura i meravellant-me amb l’amfiteatre d’esquelètics braços de les tecles, passava a ser un mecànic avesat amb granota blava i greixosa. Sé que per arribar a estimular la fantasia com acabo d’explicar era necessari estar-se moltes hores davant de la màquina i conèixer-la a la perfecció. I, per això, res millor que les classes de mecanografia, segurament l’activitat extraescolar més freqüent de la meva generació. Havíem d’aprendre a teclejar com energúmens pulsant amb els deu dits a partir de la distribució qwerty. En aquest sentit, un dels aspectes més xocants de l’arribada de la informàtica ha estat la renúncia absoluta a aquesta exigència, com si la màgia dels ordinadors ja se n’ocupés per nosaltres.
Ara que he llegit l’esperançadora notícia que en algunes oficines encara s’utilitzen les màquines d’escriure per a omplir talons, factures, documents preimpresos i de comptabilitat, o adreces en sobres, m’ha vingut al cap la defensa aferrissada que en Josep Maria Espinàs sempre ha fet de la seva vella i imprescindible Olivetti. És una qüestió de sorolls. Sembla que sentir el tac-tac, tac, tac-tac, tac, el tranquil·litza i l’anima. «És com si, quan pico la te, i la o, les lletres em parlessin. El meu teclat de palanques té vida. Pica sobre la cinta que va passant lentament». Però que ningú no s’enganyi. L’escriptor és conscient que els temps canvien i, per aquest motiu, en el capítol d’agraïments del seu darrer llibre, El meu ofici, diu això: «A l’Olivetti Studio 46 i als fabricants de cintes, que per cert cada dia duren menys. És un discreta manera de dir-me que les coses s’acaben». A les barricades!!! 

27 de des. 2011

EL TITÁN DEL QUIQUIBEY (Y II)

Foto: R. Berrocal
(... Viene de hace dos días)
En la terminal de trenes de la liberación en Toulouse, en 1945, Antonio García Barón ya había tenido tiempo de dibujar su futuro. No albergaba ninguna duda sobre su renuncia al dinero, al lujo y a una posición social en favor de una vida lo más sencilla posible, carente de los mecanismos de codicia que generan el odio y la competitividad. El único obstáculo para dar el salto al anhelado destino era salvar la burocracia europea. Fue un parto difícil, pero en cuanto se presentó la ocasión se embarcó con rumbo a Bolivia. «¿Qué podía esperar ya de aquel continente que me había deparado dos guerras en el espacio de pocos años, la destrucción de mi familia, de muchos de mis parientes y amigos, y una estancia de cinco años en uno de los peores campos de exterminio nazis? Debía buscar a partir de ahora un paisaje nuevo, algo más que aquel trozo de cielo austriaco que veíamos desde Mauthausen, un mundo distinto, renovado, libre de las huellas de Caín».
Si durante un lustro la única libertad posible había pasado por el suicidio, en adelante se sustentaría en la frondosidad de la selva amazónica. No estaba dispuesto a matarse por la comodidad. Acostumbraría su maltrecho cuerpo a tan sólo lo imprescindible, ordenando su vida de una forma racional y espiritual. Mauthausen le había enseñado que no hay cosa peor que recordar en la adversidad los tiempos felices. Pero aquella etapa había quedado atrás para siempre y ahora ambicionaba todo lo contrario, emprender un proyecto de vida que en el futuro le permitiera recordar cuánto había merecido la pena. Había sobrevivido al infierno y, pese a que esa circunstancia sería su remordimiento, también sería su venganza. Odiaría odiar, aunque no olvidaría jamás.
La lectura de El precio del paraíso despertó en mí un ardoroso deseo de regresar a la tierra que devolvió a la vida a Antonio García Barón. Me pasé dos años sin quitarme de la cabeza esa remota región del Beni que apenas había tenido tiempo de degustar. Ansiaba con todas mis fuerzas volverme a adentrar en la espesura de la selva. Y un día sucedió lo inimaginable. Recibí una llamada de Marco Antonio, mi guía, el nieto del aragonés. Se había pasado un año malviviendo en Mallorca, sumido en una insana añoranza. A la semana siguiente volaba desde Barcelona con destino a Rurrenabaque, su tierra, y me pidió que lo acogiera en mi casa durante una noche. Se me disparó el corazón con tanta furia que en cuanto colgué el teléfono me fui a comprar mi billete. Marco Antonio no se iría a Bolivia sin mí. Pocas veces me he sentido tan satisfecho de haber tomado una decisión tan drástica como en aquella ocasión. Ni que decir tiene que los quince días que pasé en la selva boliviana fueron los más intensos de toda mi vida. Puedo asegurar que jamás he encontrado a una persona tan noble como Marco Antonio, digno heredero de su abuelo. Y sí, como no podía ser de otro modo, conocí también a Antonio García Barón, con quien me bastó media hora de charla para percatarme de que estaba ante un ser humano extraordinario. Un hombre que experimentó en propia piel lo bueno y lo malo de la humanidad en una situación límite, la generosidad y el envilecimiento. Tampoco tardé en darme cuenta de que era mucho mayor de lo que reflejaba su aspecto. Al fin y al cabo, ¿cuántos años de vida representan un lustro en Mauthausen?

26 de des. 2011

ELS AIXAFAGUITARRES DEL NADAL

Foto: Imatges Google
Que als Estats Units ciutadans partidaris i contraris al Nadal tinguin ganes de buscar brega és la prova fefaent que la crisi no ha aconseguit minar l’optimisme de la població amb la mateixa ferocitat amb què ho ha fet a la vella Europa. Aquí hi ha hagut unanimitat respecte a combatre l’ensopiment dels darrers temps amb qualsevol motiu de celebració i alegria. A l’altra banda de l’Atlàntic, en canvi, han sovintejat els casos de boicot d’aquestes festes. A Texas, per exemple, hi ha una disputa instigada per la Freedom from Religion Foundation, que aboga per la separació entre l’Església i l’Estat, per tal que sigui retirat un pessebre o, a falta d’això, perquè s’enlairi també una pancarta atea al costat d’aquell anunciant l’arribada del solstici d’hivern. A Carolina del Sud s’ha donat un cas similar. Un hospital estatal ha prohibit que hi hagi escenes nadalenques a les seves instal·lacions. Per no parlar de les veus que clamen per la conveniència de desitjar “bones festes” en comptes d’un “bon Nadal”. Per acabar-ho d’adobar, el congrés dels Estats Units s’ha sumat a la polèmica i ha fet pública una resolució no vinculant en què expressa “la sensació de la Cambra de Representants que els símbols i les tradicions del Nadal haurien de ser protegits per a l’ús de qui vulgui celebrar el Nadal”.
Sembla que l’oposició a aquesta festivitat ja ve de lluny. El més gran enginy de la literatura nord-americana i amb seguretat el seu cínic per excel·lència, l’escriptor Ambrose Bierce, va vilipendiar el Nadal fins als seus últims dies a la frontera mexicana. Va definir-lo en el Diccionari del Diable, un glossari satíric, com “una jornada consagrada a la golafreria, l’ebrietat, la sensibleria, els regals, l’estupidesa pública i la conducta desordenada a la llar”. Abandonà fins i tot l’esperança de trobar-se amb algun brillant geni o, fins i tot, un idiota inspirat, que, en comptes d’expressar els seus millors desitjos, fos capaç de mantenir la boca tancada. Per això odiava la blanesa de l’Ebenezer Scrooge, el personatge de Dickens, que en tan sols una nit va passar del mític “bah! faules!” al “Déu beneeixi tothom”.
Tot plegat, pura exageració. Jo em quedo amb la definició que el Nadal és la tendresa del passat, el valor del present i l’esperança del futur. Possibilita, en definitiva, que recordem les il·usions de la nostra infantesa i les alegries de la nostra joventut i transporta al viatger a la seva xemeneia i a la dolçor de la llar. Ho va dir en Charles Dickens i, què voleu que us digui, a mi em convenç completament. I si no, decidiu-vos a passar un Nadal fora de casa i ho comprovareu.