12 de març 2017

MI YO DE AYER ES INVENCIBLE (POR AHORA)


En la última edición de la Cursa de l'Amistat
A los cuarenta y tres me dio por correr. Desde entonces, solo he estado parado diez meses por una artritis en un tobillo (regalo de mi primera maratón). Nunca me ha dado pereza madrugar y, lo mejor de todo, jamás me he aburrido entrenando. He descubierto mi cuerpo y la música, que desde tiempos inmemoriales capitalizaba mi hermano. También me ha quedado muy claro que no hay dos días de entreno iguales. Siempre pasan cosas. La última, a finales de septiembre del año pasado, cuando una tormenta bíblica me sorprendió en plena carrera a las siete y media de la mañana. Aunque en las inmediaciones del hotel Wela rememoré el desembarco de Normandía a causa de los truenos y relámpagos que caían inclementes, conforme me fui alejando de la playa de vuelta a casa experimenté un placer inmenso, pisada tras pisada, con mis viejas Mizuno hasta los topes de agua. Flotaba como un overcraft y, empapado de arriba abajo, corrí como hacía tiempo que no lo hacía. Días después, con viento a favor, me vi embriagado por una sensación olfativa agradabilísima, de oso grizzly (quien no se conmueve con fruslerías es porque no quiere), al cruzarme con dos corredores jóvenes en la Mar Bella: la del jabón perfumado de sus equipaciones –en un pispás, visualicé no solo a sus abnegadas madres sino también el anuncio de Heno de Pravia de mi infancia–. Y hace escasamente dos semanas, en un entreno temerario de treinta kilómetros (demasiados para lo poco que quedaba antes de la celebración de la Maratón de Barcelona 2017), recorrí por primera vez todo el tramo de césped aledaño al lecho del río Besòs desde su desembocadura al mar hasta la linde con Montcada i Reixac.
Pero vayamos a las carreras, sin duda más atractivas para quien pueda leer esta entrada. No me entusiasman y las evito tanto como puedo. Solo corro dos al año: la Cursa de l’Amistat –diecisiete kilómetros desde el castillo de Montjuïc hasta el recinto del Tibidabo– y la maratón de Barcelona. ¡Craso error!, visto lo visto hoy. Y aquí permitidme que ponga un momento el freno para explicar cómo el pasado noviembre viví en propia piel la pesadilla de todo corredor: llegar tarde a una carrera. Fue en la citada Cursa de l’Amistat. Me dejó tirado Transports Metropolitans de Barcelona y, pese a que con otros tres corredores en mi misma situación conseguimos reunir el dinero para que un taxi nos subiera a la montaña de Montjuïc, salí el último a cinco minutos del pelotón. Superada la frustración inicial, conseguí dejar casi cuatrocientos cadáveres a mis espaldas en una carrera épica. No como en la Maratón de Barcelona de hoy, en la que una estrategia suicida ha dado al traste con mis ilusiones de batir mi récord personal para el que tanto me he preparado esta temporada. Ha sido un error de cálculo que achaco precisamente a mi falta de experiencia en carreras y al que pienso poner remedio. Me ha faltado personalidad para imponer mi ritmo y he ido a trompicones de flor en flor, o sea, confiando en mantener el que marcaban otros corredores. En el kilómetro diez ya me había hecho el harakiri, y lo triste es que no me he enterado hasta el treinta y cinco cuando en un avituallamiento he perdido al matrimonio de franceses talludito como yo al que perseguía desde la torre Agbar. Me he sentido como Tom Hanks en El náufrago, desesperado por encontrar a Wilson y con el ácido láctico en los pies –estos, además, me hervían por culpa de una mala elección de calcetines en la que he encontrado similitudes con el McLaren de Fernando Alonso–. Poco después del treinta y seis, a punto de llegar a Arc de Triomf, he dicho basta cuando todavía era posible el récord. No quería ser también yo un cadáver. ¡Una lástima! Sobre todo porque, por segunda vez, he dejado colgado a mi hijo en el passeig Colom, a la espera de que enlazara con él para ayudarme a completar el recorrido. Según la afortunada frase del escritor Haruki Murakami, si hay un contrincante al que debes vencer en una carrera de larga distancia, ese no es otro que el tú de ayer. De momento, tras tres intentos, no lo he conseguido. La edad juega en contra, pero esto no ha acabado aún.  



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