12 de gen. 2011

NEGRAYCRIMINAL (I)

Foto: Imágenes Google

Desde hace dos años, asisto a un club de lectura que se celebra el segundo martes de cada mes en la librería NegrayCriminal, situada en la calle de la Sal 5, en el barrio de la Barceloneta. Para quienes no lo hayan deducido ya por su nombre, o, mucho peor, no la hayan visitado aún, está dedicada por entero al género negro, policíaco y de intriga. Me abstendré de asignarle el calificativo de mejor librería especializada dentro del ámbito hispanoamericano, pues, aunque así sea, los libreros que la regentan, Paco Camarasa y Montse Clavé, no viven del aire, y, antes que deshacerme en elogios hacia ellos y su manera de concebir el negocio, me he propuesto instar a mis lectores a que, con la contribución de todos, garanticemos la supervivencia de iniciativas como ésta. No me entra en la cabeza que renunciemos al trato amable y a los consejos sabios de quienes no tienen parangón en lo suyo por acudir a esas grandes superficies –llámense Bertrand, Casa del Libro o FNAC– cuyos dependientes son incapaces de librarse del yugo de su ordenador para encontrarte un libro. Cometimos un delito con la trilogía Millennium, del tan llorado Stieg Larsson –ninguna otra librería merecía más que NegrayCriminal el mayor trozo del pastel de las ventas–; por suerte, la buena cosecha literaria del pasado año nos brinda una ocasión inigualable para repararlo. Propongo, pues, que en este crítico 2011 demostremos ser merecedores de la librería que tenemos y, si no en masa, acudamos aunque sea en fila india.
Dicho lo cual me he quedado sin margen para hablar del club de lectura de hoy, del que, como siempre, he vuelto a casa con esa placentera sensación de ingravidez que produce la euforia. A propuesta de Paco y Montse, esta temporada los asistentes no sólo venimos leyendo y comentando el libro asignado el mes anterior sino que, además, acabamos comiendo todos juntos en un restaurante del mismo país que el de la trama argumental. La joyita de hoy ha sido «A cada cual, lo suyo», del inconmensurable escritor siciliano Leonardo Sciascia, pero permitidme, lectores, que de ambos os hable largo y tendido más adelante. 

11 de gen. 2011

LA REBEL·LIÓ DE LES FOTESES

Foto: R. Berrocal

La trava desllorigada de la porta del conductor és a l’automòbil el que el colze de tennista a l’ésser humà. Un esgavell que té el seu origen en l’acte repetitiu d’obrir-la i tancar-la i que s’esdevé en els vehicles de representants o repartidors més que no pas en els de qualsevol altre professional. Com el colze de tennista, no és greu però sí molt fastidiós, fins arribar a treure de polleguera el damnificat. Jo l’he patit almenys en tres ocasions. En dono fe d’haver vist la padrina quan, ja amb un peu fora del cotxe a punt d’abandonar l’habitacle, la porta ingovernable ha tornat cap a mi bruscament i m’ha colpit la canyella amb traïdoria. No cal dir que, a fi d’evitar ensurts innecessaris i dolorosos, a més de l’enuig corresponent, la lògica solució és acudir immediatament al mecànic i oblidar-te’n (de nou). De fet, sempre m’ha agradat pensar que aquesta inhabitual rebel·lió de les coses nímies respon, precisament, a una crida per reivindicar-se davant nostre (amb modèstia –tot s’ha de dir–, conforme a la seva naturalesa). Perquè, a qui no li ha martiritzat alguna vegada, davant l’aigüera dels plats bruts, el petit tall al descobert en una falange de la mà que agafa l’esponja en establir contacte amb l’aigua calenta, o la rascada al nas del metall per la pèrdua de la protecció plastificada de la ullera? Recordo un director comercial que persuadia els seus venedors amb la següent frase: «Quan estigueu davant del client no oblideu mai la falca dels avions». Malauradament, la seva lloable filosofia dels detalls no va impedir-ne l’acomiadament al cap d’uns mesos. Clar que, en justa compensació, l’empresa que el despatxà va acabar sent absorbida poc temps després per la seva principal competidora. 

10 de gen. 2011

CONTRADICCIONES DEL DICHOSO MÓVIL DE MARRAS

Foto: Imágenes Google



Mi hermano –algo menor que yo– sigue en sus trece de continuar prescindiendo del móvil. Se niega a traicionar su credo vital, que, desde siempre, viene rigiéndose por una absoluta desidia hacia todo lo que no tenga que ver con su gran pasión, la música. Me guardaré mucho de echárselo nunca en cara porque acostumbra a protegerse con respuestas contundentes que lo dejan a uno sin resuello. El otro día, por ejemplo, con motivo de las elecciones autonómicas catalanas y conociendo de antemano su inmutable acracia, se me ocurrió preguntarle si votaría. «¿Tú qué crees? Aquél que vota no merece después tener derecho a queja», me espetó. Por eso, con respecto al móvil, guardo silencio porque temo algo como: «Llámame carca si quieres, aunque en realidad los conservadores sois vosotros, quienes, con el endeble argumento de ‘yo lo tengo por si acaso, para que me saque de algún apuro’, contribuís a hacer cada día más rica a Telefónica con millones y millones de llamadas absurdas».         
Lo cierto es que llevo años no únicamente esperando una heroicidad de mi viejo móvil, sino viéndome además perjudicado por el mal uso (abuso) que de él otros hacen en su cotidiano quehacer laboral de cara al público. Estoy harto de las interrupciones que se producen cuando me dirijo a la persona que atiende en el mostrador de una consulta médica o a mi mecánico de confianza tras haber convenido una hora o al operario que al fin viene a casa a reparar algo después de varios días de espera y, de repente, empieza a sonar el dichoso móvil de marras. Todos parecen hipnotizados, como si la repentina llamada estuviera destinada a cambiarles la vida. Lo peor es la cara de tonto que se le queda a uno cuando, con auténtico descaro, descuidan su atención hacia el que tienen delante para dedicársela a alguien que, desde la distancia, no ha hecho méritos suficientes para ser tenido en consideración. 

9 de gen. 2011

ELS XIRINGUITOS DE LA RAMBLA

Foto: R. Berrocal

Tot i que hi visc a prop i que, pel cap baix, estic obligat a creuar-la quatre vegades al dia, no m’ha agradat mai La Rambla. Contràriament al que puguin dir alguns nostàlgics, jo sempre l’he coneguda embrutida i trista. Les nombroses agressions que ha sofert en el decurs del temps han eliminat qualsevol rastre del seu passat esplendorós, com no sigui l’alegre esperit que encara conserven algunes floristes. Em recorda la Mequinensa de Jesús Moncada, irremeiablement colgada sota les soles d’un pantà de turistes i despersonalitzada per les diverses màfies que, amb el seu treball de sapa, s’han apoderat de la majoria dels establiments que l’envolten.
Des de fa uns mesos, però, una nova escomesa ha depauperat encara més el llastimós panorama rambler. L’última setmana d’agost, en una altra mostra de la roïndat amb què solen aplicar-se les mesures impopulars, els polítics d’esquerra del nostre consistori van aprofitar l’absència vacacional dels ciutadans per reconvertir les paradetes dels ocellaires en uns xiringuitos de gelats, refrescos i souvenirs que, recollint les paraules de l’arquitecte Oriol Bohigas, només poden qualificar-se de «putrefactes». Es tracta de punts d’avituallament-franquícia, el doble de grans que els dels animals, perquè els resulti més agradós als estrangers l’estrany pelegrinatge fins vés a saber on en què es veuen immersos tan aviat trepitgen el rovell de l'ou barceloní. Naturalment, gràcies a la seva ubicació privilegiada, a pesar del seu espantós disseny, des del principi han funcionat com a negocis lucratius de primer ordre. No obstant això, en una decisió que de ben segur aixecarà polseguera, els mateixos polítics que, temps enrere, amb visible entusiasme, es mostraren favorables a la seva instal·lació, ara se’n desdiuen i s’inclinen pel seu immediat desmantellament. Diuen que rectificar és de savis, però jo penso que el que veritablement hauria estat de savis era no haver-se equivocat davant d’una evidència infal·lible.     
 

8 de gen. 2011

UNA DE FIESTAS NAVIDEÑAS

Foto: R. Berrocal
El de Reyes es uno de esos días en los que jamás me cansaré de madrugar. De pequeño, era superior a mí permanecer en la cama a la espera de que los demás se levantaran, sobre todo a raíz de comprender que lo que verdaderamente me gustaba no era jugar con los juguetes que sus altezas de Oriente me habían dejado sino extasiarme contemplando la primorosa colocación en la que habían sido dispuestos. Caminar de puntillas a oscuras al menos un par de veces durante la noche, verme cegado tras accionar el interruptor de la única habitación de la casa en la que nadie dormía y, en un pispás, ser testigo de la más amorosa escenografía que se le puede brindar a un niño, fue sin duda la mayor pérdida que experimenté con la llegada de la adolescencia. Pero, por fortuna, el tiempo vuelve a poner las cosas en su sitio y, ya como padre y rey, he venido recuperando aquellas antiguas sensaciones y me he asombrado a la mañana siguiente del celo aplicado la noche anterior para cuadrar el círculo y posibilitar que también mis hijos se maravillen con el dichoso descubrimiento. Además, para mi solaz, ahora la Epifanía no acaba tras abrir los regalos. He sabido encontrarle el gusto a la cola matutina para comprar el roscón que ha de prolongar la felicidad de mi familia hasta la sobremesa. Me resulta de lo más placentero la espera en la calle confortado entre las conversaciones de mis vecinos y el lento avance para disponer de mi turno en la pastelería del barrio. Consigo incluso olvidarme de la cuesta de enero y de las alegrías y los sinsabores que a buen seguro me deparará el nuevo año. 

7 de gen. 2011

ROBERTO ALCÁZAR & PEDRÍN

Foto: Ricard Berrocal

Sento recança d’haver de dir-ho però s’ha de reconèixer que Planeta De Agostini, amb els seus col·leccionables, aporta el seu òbol en l’íntim desig de canvi que, amb vista al futur immediat, molts barrinem durant les dues ocasions anuals susceptibles de pertorbar la nostra rutina: la tornada de les vacances estivals i, com ara, l’arribada del nou any. A risc de ser titllat de ximple, trobo admirable l’astúcia depredativa d’aquesta editorial per enxampar gent amb la guàrdia baixa. És més –no ho amago–, amb la compra del primer volum de les aventures completes de Roberto Alcázar y Pedrín que aquests dies treu el cap pels quioscos, jo mateix he caigut en el seu precís parany. Fins aquí els meus elogis al susdit gegant de l’edició. Avui, però, vull centrar-me únicament en el còmic que l’any 1940 van crear Juan Puerto, fundador de l’Editorial Valenciana, i el seu cunyat, l’il·lustrador Eduardo Vañó, i del qual en gaudírem, juntament amb altres exquisideses sorgides també de la mateixa fàbrica (El Guerrero del Antifaz o El Pequeño Luchador), algunes generacions privilegiades de nens al llarg dels trenta-sis anys ininterromputs en què es va publicar. No exagero quan dic que aquelles historietes gràfiques van tenir una influència tan decisiva en la meva formació personal com la pròpia escola, ja que, a més de fer-me encuriosir per exòtics indrets del planeta, van conformar uns valors ètics –de justícia, companyonatge, honorabilitat,...– que, posteriorment, han custodiat sempre els meus actes. Igual que els de tots aquells que van apropar-s’hi amb una mirada neta, apassionada i sense embuts. Per això em sento vexat pels bajocs de torn que desacrediten Roberto Alcázar en qualificar-lo de vehicle propagandístic del règim franquista. Obliden, però, un petit detall: el principal guionista de la sèrie, José Jordán Jover, era un antic comandant de l’exèrcit republicà represaliat precisament pels franquistes.